Te voy a contar una historia de la “vida cotidiana” porque la estoy conectando con los negocios y el emprender. Lee hasta el final si quieres saber la conexión, la reflexión y la morelaja.

Para quien me conoce muy bien, sabe que llevo lidiando más de un año con un “tema” relacionado con el cesto de la ropa sucia. Mi hijo putativo (step son) tiene la costumbre de poner en el cesto sus prendas mojadas.

El tiene por lo menos una vez a la semana entrenamientos de waterpolo y cuando llega a casa sube a ducharse. Obvio, pone su ropa sucia en el cesto que tenemos en el baño.

Mi primer acercamiento con este tema fue pedirle que no pusiera ropa mojada en el cesto, porque eso haría que la demás ropa se mojara y si no se lavaba rápido, podía apestarse. No di más explicaciones. Por obvias razones, no funcionó.

Mi segundo acercamiento fue repetir mi petición y agregar a la explicación que la ropa se llega a podrir. No es el hecho que la demás ropa se moje o que se “apeste”. Si no se lava inmediatamente se hace moho y se pudre. Pero no solo se pudre la ropa mojada, sino toda la que está en contacto con ella. Asintió como si me hubiera creído a lo que le decía.


Mis peticiones obviamente no fueron escuchadas por el adolescente. Hablé con mi esposo y el me dijo que hablaría con el. Ya saben, hombres, le dijo «eso no se hace y punto. Se apesta. Guacala». Varias cargas de lavadora después… ¡seguía sacando ropa mojada del P.. cesto! Mi paciencia estaba acercándose a los bordes.  Así que en mi frustración, mi tercer paso (que se sentía como el 103801283019mo), fue hacer como le hacía mi mamá y saqué la ropa mojada del cesto y la puse afuera en un montoncito. A ver si le caía el veinte.

Finalmente, frustrada y cansada, mi siguiente paso fue comprarme un cesto individual para mi ropa que posicioné en mi cuarto. Ahí podía yo salvaguardar mi ropa. Le pregunté a mi marido si el también quería ponerla ahí pero no quizo. «Cooooonste».

Sin embargo, esto seguía sin solucionar el problema.

Tiempo más tarde (we are talking months!), opté por comprar un cesto exclusivo para el. Tampoco funcionó. Seguía sucediendo.. menos pero seguía sucediendo.

Dejé de lavar su ropa. Tampoco funcionó por completo, pero empecé con tratar de que se hiciera responsable de sus propias cosas porque si no eran importantes para el, yo tampoco le iba a dar la importancia. Aunque obvio que se la daba.

Platicando con mi marido, decidimos que le íbamos a poner las herramientas para que pudiera colgar su ropa mojada cada vez que regresara de entrenamiento. Le pusimos un tendedero en el garage para que cuando llegara, luego luego tuviera acceso a el y pudiera colgar su ropa mojada. ¿Qué logramos? Que se hiciera una montaña de ropa en el garage + la ropa metida en el cesto personal + la ropa en el cesto en el baño compartido. Y así, tuviéramos ropa sucia de la bendición de mi marido por todos lados. 😬🤣

Haré un paréntesis aquí para explicar que, para mi, es importante cuidar la ropa propia y para mi marido también lo es (y a veces es más exagerado que yo en algunas cosas). Me gusta tener una especie de fórmula para lavar mi ropa. Cada tipo de tela tiene su propio detergente y modalidad de lavado (temperatura, programa, etc). Dependiendo de la suciedad de cada cosa, el tipo de detergente que uso. Me gusta pensar que soy una especie de experimentador en cuanto a manchas y son siempre un reto para mi hasta que no logro quitar las manchas más difíciles. En fin, me gusta cuidar mi ropa porque no soy fan de estar comprando siempre.

Regresando a la historia…

Ya con la paciencia al borde del límite y encontrándome un día sin toallas limpias para usar (que esa es otra historia), decidí rendirme. Volví a tomar una decisión que no resolvía el problema, pero yo ya no quería lidiar con ese «problema». Compré toallas de un color diferente solo para mi (mi marido sigue usando las otras) y en mi frustración agarré la montaña de ropa en el garage y la lavé toda. Nota: estamos hablando que ya había pasado más de un año con la misma cantaleta.

Fui agradecida por el acto pero contesté que no era algo positivo que lo hubiera hecho.

Pasa el tiempo, pasan los meses –yo ya rendida ante las cosas que no puedo cambiar–  y termina por pasar lo tenía que pasar; eso que desde el día 0 le había dicho que iba a pasar. La bendición de mi marido encuentra una bolsa llena de ropa mojada pero ¡toda podrida y llena de moho! Pipol (léase people) estamos hablando de marcas caras y ridículamente costosas. ¡Podridas!

¿Cómo la descubrió? No creas que porque estaba limpiando su cuarto… no. Un día llego a la casa y al abrir la puerta siento un olor muy desagradable. Casi vomito del olor. Mi nariz es muy sensible a los olores por lo que en mi cabeza ya tengo la misión de encontrar la fuente. Revisé todo lo que pude, y nada. No encontraba de donde salía el olor. Y en la noche, cuando subimos encontré de donde venía. ¡El cuarto del chiquistrikis!

Al día siguiente cuando lo vi le dije “No sé que origine el desagradable olor que emana tu cuarto, pero tienes que encontrar la fuente”. Y así, después de buscar un par de días, encontró «la bolsa» con ropa sucia, aun mojada y apestando a _________(rellena con el adjetivo calificativo de tu preferencia).

Era mi momento para aprovechar y decir “te lo dije” pero en vez de usar esa frase dije: “Cuando te explico algo es porque seguramente a mi me ha sucedido, no creas que por loca desquiciada control freak que no tiene nada mejor que hacer. Cuando te dije que la ropa se llega a podrir es porque a mi ya me pasó y fue muy desagradable. ¿Ahora me vas a creer cuando te diga algo?”
El asintió con la cabeza y aparte agregó: “Sí, sí te voy a creer ahora cuando me digas algo. Pero también necesito vivir las cosas para entenderlas y tener mis propias experiencias. Prometo que no va a volver a pasar pues casi vomito cuando abrí la bolsa”.

PUM! ¿Sabes el rotoplas de agua helada que me cayó?

Me hizo pensar a cuando mis papás me repetían las cosas y yo no les creía porque tenía la fe de que “a mi eso no me iba a pasar”. Ejemplos puedo escribir muchísimos. Seguro tú también tienes muchos.

También me hizo pensar en la oficina. En el último año he estado implementando una nueva técnica de entrenamiento para el equipo Luxur e invariablemente lo que les digo que va a pasar, no lo creen hasta que dejo que se estrellen en el muro, y lo viven. Y solo al estrellarse me dicen “ya sabemos que ya nos lo habías dicho Mel”. Tenemos hasta nuestra Luxur «box of shame» para hacerlo «divertido»

Me hizo pensar también en el XYZ. Cuando les comparto de mis experiencias que me llevaron a implementar ciertas cosas en mi negocio, están solo en historias. Pero esa historia se comprende solo cuando ellos mismos la viven.

Me quedé pensando en que todos podemos llegar a las mismas conclusiones a su debido tiempo porque invariablemente la vida nos va a dar lecciones. ¿Cuántas personas experimentan en cabeza ajena? Y ¿cuál es la diferencia entre “una experiencia comprobada que puede influir en tu negocio (o vida)” o “a mi me fue mal en la feria y por eso te lo digo” o “yo no lo logré y por eso te desanimo para que tú tampoco lo logres”?

La diferencia, creo yo, está en la persona que te lo dice. 

Hay que estar muy atentos y conscientes para notar las diferencias. Y es por eso que es tan importante saber elegir a quien escuchar y a quien ignorar; el saber elegir entre un buen asesor y uno que te hará retroceder; elegir quien será tu mentor o tu coach; quien funge en tu vida de motor, quien de ejemplo para hacer, quien de ejemplo para NO hacer; quien para aplaudirte y quien aunque no te aplauda siempre, te dice las cosas para bien.

Yo creo que todos esos roles son importantes en la vida de cada uno.

Toda esta reflexión por la historia del cesto de la ropa sucia. Me salieron más reflexiones de aquí, pero esta es la que te comparto el día de hoy.

Me encantará saber tus comentarios si me quieres dejar alguno. Feliz estaré de leerte.

A la próxima!

Melanie