Llevo 4 meses 3 días en los Países Bajos (que sucesivamente llamaré NED). Y en estos cuatro meses he vivido todos los humores y emociones posibles. Además de todos los climas posibles. Llegué en pleno verano, el sol iluminaba las calles todos los días. El calor en ocasiones era insoportable, casi asfixiante por la humedad. Ocasionalmente llovía, pero luego volvía a salir el sol. Al pasar del tiempo, llovía más frecuentemente. Luego empezaron a cambiar de color las hojas de los árboles. Pasaron de ser verdes a un tono rojo maravilloso. Y poco a poco fueron cambiando color: de naranja a un amarillo mostaza. Empezaron a caer las hojas de los árboles a montones. La temperatura empezó a bajar. De 38 grados ahora estamos en 2 grados. Todavía sale el sol en ocasiones.

Así como las hojas de los árboles, así me he sentido en estos cuatro meses. Llegó un momento que quedarse en la cama calientita era la opción que más me gustaba. Mi cerebro me decía lógicamente «hace mucho frío afuera de la cama, mejor nos quedamos aquí». Mi corazón sabía que era BS! Me pasó varias veces antes de hablar conmigo misma para dejar de hacerme pato y empezar a indagar que sucedía en realidad. Yo lo llamo «mis focos rojos». Todo aquello que me dice que mi estado de ánimo no está bien y que le tengo que poner atención.

Los días son «normales», te levantas por que te tienes que levantar, comes porque necesitas comer, trabajas y haces todas las cosas que acostumbras hacer. Pero sabes que «algo anda revolcando». Yo tiendo mucho a refugiarme en el trabajo para concentrarme en algo que me gusta hacer para evadir lo que mi corazón está tratando de decirme.

Lo que yo le llamo focos rojos es: las ganas de quedarme en la cama, no tener ganas de trabajar, mi continuo procrastinar, no ser tan efectiva en el trabajo, no tener orden en mi escritorio, volverme irritable por cosas «insignificantes», tener ganas de llorar por cualquier cosa, dejar de ponerme crema en la cara… por nombrarte algunas. Todo aquello que no es habitual, para mi es un foco rojo. Todo aquello que no es parte de la Melanie de todos los días. Generalmente lo disfrazamos de «es un mal día, por eso me siento así». Pero si empiezas a ponerte atención, te darás cuenta que tu cuerpo te habla de mil maneras para que le hagas caso. Tu mente y tu corazón también.

Aparte me empecé a enfermar de todo. Tuve una tos marca Acme por más de un mes. Luego gripa, dolores de cabeza, dolor de mandíbula y hasta por toser se me trabó la espalda y estuve caminando curveada. Sabía que tenía que hacer algo porque esto ya era demasiado. Sabía que tenía que tomar las riendas de mi misma y buscar ayuda. Traté al inicio de buscar los medios «comunes», tratar de pedirle a mi gente de confianza a ver si tenían tiempo para «echarse un café virtual conmigo», porque necesitaba sacar algo. Todavía no sabía que, pero la tos me indicaba que algo muy grande traía atorado (y por tratar, creo que mi tratar fue muy débil pues jamás lo conseguí). No creas que intenté mucho. Si alguien me decía que sí pero luego no me daba cita, para mi era una señal de que estaba muy ocupad@. A veces me cancelaban, a veces me tocaba escuchar. La realidad de las cosas es que nunca pedí explícitamente un «necesito hablar» o un «te necesito» o «necesito ayuda». Todavía tengo que trabajar en eso de pedir ayuda.

En todo esto, también me topé con «focos rojos» de otras personas que quiero mucho, y mi instinto me decía que les escribiera para preguntar si todo estaba bien. Mi intuición no me mentía y muchas veces me contestaron con un «No Mel, no está nada bien». Yo sabía lo que eso se sentía así que para mi lo natural era tratar de ayudar. ¿Y yo por qué no me ayudaba a mi misma? ¿Por qué nadie notaba que yo no estaba bien tampoco? Seguía diciéndome a mi misma que tenía que hacer algo por mi, pero no tenía suficiente energía. Y no, no lo quería admitir tampoco que todo señalaba a una depresión.

Tomé el par de ovarios que tengo y le dije a mi marido: «necesito ir al psicólogo, creo que lo necesito». Me vio con cara de «¿cómo para qué?» y luego agregó «pues si quieres». Investigué si había psicólogos en inglés o español. Pero déjame decirte que aquí tienes que pasar por tu «huisarts» que es como «el médico de cabecera» para que te mande una carta para el psicólogo. Ya sonaba complicado. Encontré varios y la tarifa por hora era tan ridícula que mejor llamé a mi psicólogo de cabecera y le dije que creía necesitarlo urgentemente. Atendió mi llamado y al día siguiente ya estábamos en línea platicando sobre mis demonios mentales.

No me había dado cuenta de que tan lejos dejé que las cosas se fueran. Nunca en su vida me había dicho «estoy preocupado por ti Melanie» hasta ese día. Lo cual no ayudó mucho a mi ánimo, pero me consoló saber que no estaba tan loca de pensar que algo andaba mal. Me dio mucho alivio empezar a hablar, de todo, de cositas, de cosotas… Ellos saben, escuchan. Se dan cuenta de lo que tú no quieres ver pero que sabes por dentro que está ahí. Solo lo vas poniendo en el cajón del «más tarde lidiaré con esto». Al terminar la sesión me dejó tarea por hacer y entre mis tareas, estaba subir mis endorfinas. Tenía una tarea diaria: caminar por lo menos 20 minutos. Otra de mis tareas era encontrar un lugar para mi, solo para mi. Podía ser dentro de mi casa o afuera (tal vez una banca en un parque o un café; lo que yo eligiera). Un lugar donde pudiera estar conmigo misma cuando lo necesitara. También parte de mis tareas era llorar. «Llora todo lo que quieras Melanie» –eso dijo. ¡Qué alivio! Sentía justo que tenía muchas lágrimas reprimidas, no sabía el por qué todavía.

En el inter la vida seguía pasando. Yo seguía trabajando, seguía apareciéndome donde tenía que estar y seguía con mis clases de dutch. Me levantaba todas las mañanas y hasta me formé una dinámica diaria. Cualquier cosa para enfocarme. Firmé contratos, tuve mi primer trabajo aquí, vendí unos diseños, y hasta di dos conferencias. Nadie pensaría que por dentro estaba rota con tanto «logrado». Y yo sin embargo me sentía peor por tener tanto y sentirme tan triste por dentro.

Llegó mi cumpleaños y no me quise levantar de la cama en todo el día. Disfrazado de un «es mi cumpleaños y puedo hacer lo que se me antoje».  En la tarde, hice el esfuerzo de levantarme para ver a la familia de mi marido, que había hecho el esfuerzo por mi para venir a donde vivimos, para festejar conmigo. Era el primer cumpleaños que pasaba en NED, era especial. Me levanté, me bañé y me arreglé (bueno digamos que me peiné). Me puse la mejor sonrisa que encontré en mi cara y bajé a recibir a mis suegros. Con mi sonrisa lista entré a la sala y saludé. Chit chat aquí, chit chat allá. Mi suegra maravillosa se voltea al improviso (creo que es una palabra italiana) y me dice en su inglés tierno «me preocupa verte tan triste». Mis ojos se abrieron tan grande por la sorpresa que me causó su comentario, que creo que eso hizo que se me salieran las lágrimas. Ya todo se había vuelto un detonador de lágrimas para mi: ya fuera de tristeza, de nostalgia, de ira. Aun así me limpié mis lagrimas, me serví una copa de vino y salimos a cenar. Pedí, como en los buenos tiempos donde mi cumpleaños era muy importante para mi, una buena botella de vino de buen año. ¿Por qué no consentirme? ¡Es mi cumpleaños! Fue una buena noche y yo estaba súper agradecida con tanta muestra de cariño. Ayudó mucho también las felicitaciones de amigos y conocidos por todos lados; lugares que ni siquiera imaginé poder recibir felicitaciones. Tuve un pico de energía.

Y como todo lo que sube, también mi energía volvió a  bajar. Era momento de tomar acción seria y poner todo de mi para sentirme mejor. Necesitaba seguir trabajando con mi mente y mis emociones urgentemente.

Cinco sesiones después, muchísima tarea que he tenido que hacer y mucha introspección y auto reflexión, siento como he recobrado mi energía. ¡Y mis ánimos! Mi súper psicólogo ya me dijo «ya no estoy preocupado, ya te veo bien». Yo creo que se nota ya la diferencia. Ya regresé a trabajar a mil millones kms por hora, ser eficiente de nuevo y recobrar el entusiasmo. Encontré unas clases de holandés en la casa de la cultura y me inscribí para poder ir más rápido. Ahora no solo tengo mis clases privadas si no otras 8 horas extras. Y acabo de encontrar en la biblioteca de la ciudad que dan dos horas gratis todos los jueves por la tarde de lecciones de dutch. Ya me inscribí también. Tengo una meta y haré todo lo que esté en mis manos para lograrlo.

Y estoy de regreso a escribir y ya empecé a grabar de nuevo.

Te cuento esta historia porque quiero que sepas que si te pasa algo así no estás sol@. Y también te lo cuento porque el trabajo personal es importante para que todo lo demás pueda funcionar bien. Si tú estás bien por dentro, se refleja en todo lo que haces. No lo que vemos en redes sociales, ahí no se nota si estás bien por dentro. Las fotos y captions en redes sociales pueden esconder mil cosas detrás. No, no me refiero a eso. Me refiero a lo real. A tu vida, a tu mente, a tu corazón. A veces es necesario parar para poder progresar. Es imperativo cuidar de nuestra mente para recargar la energía que se necesita para todo lo demás. Te vuelves imparable. Cuidar la mente debería de ser tan necesario como respirar.

Es un trabajo constante. Hacer tu tarea, esa que es para ti, para tu bienestar. Para que luego llegue la magia.

Obviamente con todo este remolino estuve escribiendo mucho y tengo muchas cosas que contarte y muchas reflexiones que he tenido. Lo que si te puedo decir ahorita es que vengo RELOADED! Y uno de los grandes proyectos que traigo en mi cabeza tienen mucho que ver con lo que te estoy contando el día de hoy.

No sé si te preguntabas dónde andaba o por que dejé de publicar cosas en redes sociales. Esto es parte de la razón. Tenía que cuidar mi salud mental antes de poder publicar algo más. No soy de las personas que sabe posar o fingir algo que no hay.

But now I’m back! 😉

Melanie